Llego la Nochevieja y el barrendero de mi barrio barriendo.
Casi todos los días, cuando voy al trabajo me cruzo con el barrendero de mi barrio, que es un hombre joven, que con su chaleco reflectante, va recogiendo y limpiando la basura que los demás, sin ningún tipo de conciencia cívica, vamos dejando tirada por los suelos. Y la otra mañana cuando estuvimos hablando de estas fiestas, él me preguntó que si me gustaban. Yo le dije que no. Nada me saca más de mis casillas que la hipocresía de las noche del día 31, cuando uno va sencillamente paseando por las calle, y aparece el conocido de turno que durante todo el año es incapaz de darte los buenos días, y precisamente esa noche estas gente, están súper eufóricos. Que te abrazan con tantísima falsa felicidad que te produce… eso… “Feliz año nuevo”.
Y le pregunte, que ¿como las iba a pasar? Como siempre trabajando, y que no falte…
Pero la noche del 31 me toca trabajar en el barrio de los ricos, en la urbanización…
Este barrendero amigo, contaba cómo iba a pasar la del 31. Si es Nochevieja. Me dijo que cenará con la familia de prisa cuando suenan las doce campanadas en la televisión. Acabo de tomar las uvas y, después de besar con los mejores deseos a mi mujer y a mis hijos, salgo apresurado de casa con el último grano en la boca. Enseguida llego al garito del ayuntamiento para ponerme el mono de trabajo y comenzar la tarea lo antes posible. ¡Esa noche es de mucho trabajo!
En esa noche, en el barrio de los pobres sobramos basureros y a algunos nos destinan a la zona de los ricos. En las calles, a la salida de los grandes chalet y de las mansiones, los contenedores de basuras rebosan. Las cajas de buenos mariscos, de carísimo vinos y cavas no caben y se amontonan fuera de ellos. En este lugar los gatos no comen ratones y saltan de los recipientes hartos. También recojo numerosas cajas de juguetes con los que sueñan mis hijos y que no puedo comprarles. Sin embargo, mis hijos están más que avisados de que este año los Reyes están en crisis y que deberán conformarse con muy poca cosa.
A través de las cristaleras de los grandes ventanales de los chales asoman y abetos adornados con una riqueza extrema. (¡Lo nunca visto en mi barrio!). Por alguna ventana entreabierta sale el jolgorio que originan los vinos y los cavas de reserva. Mi compañero de Nochevieja también llevara algunas copas de más, pero de brandy barato, y barriendo, va riendo.
Pienso en lo injusta que es la vida y cómo las diferencias se acentúan más en las grandes festividades, como las navideñas. Si todos somos hijos de Dios por qué… ¡Bahh, para qué darle más vueltas a la tortilla!
Pero no olvidemos, y esto no es un consuelo, que la felicidad se encuentra en saber dar valor a las cosas pequeñas.
Con este pensamiento pienso en la cara de felicidad que pondrán mis hijos el día de Reyes cuando reciban nuestros regalos humildes. Sólo pensarlo me embarga una felicidad enorme. Sin embargo, otros niños (que no saben “nadar”) de tantos juguetes que recibirán se “ahogarán” en la abundancia. Con el deseo en el nuevo año de que mis hijos crezcan sanos y educados en buenos valores morales, ahora soy yo el que iré riendo, barriendo, riendo, y barriendo, y sin ningún tipo de envidia, desea feliz año a los ricos que, después de celebrar la noche, salen de los chales y van “alicatados” hasta el techo, sudando la fiebre del consumo navideño. Así, resulta fácil comprender el porqué de todo esto…en fin. Yo seguiré con mi escoba que es fiesta, pues la cosa no esta para elegir, concluía mi amigo el barrendero.
Le volví a preguntar, ¿qué hacías en la acera esa, agachado la mañana del 24?,
Intentando despegar de la acera, con una especie de espátula, unas "mierdas" resecas de perro. ¿Hacía frío? mucho frío, pero tú, inmune a todo, te afanabas por quitar lo que otro allí dejó.
El culpable de que esas mierdas estuvieran allí, no es el perro que las originó. Él no tiene conciencia de lo que está bien ni de lo que está mal, y tan sólo se limitó a hacer lo que su naturaleza le pedía en ese momento. Es su dueño el único culpable de todo, y el que debería ser sancionado. Por no recoger lo que su perro fue dejando. Si lo hubiera hecho, este pobre hombre no habría tenido que estar ahí, todavía de noche y doblado sobre la acera, intentando despegar aquello del suelo.
A veces le miro y me pregunto como se sentirá en su interior. Realizando un trabajo, que como el de basurero, y tantos otros similares, tan mal vistos están socialmente. Sabiendo que nadie envidia lo que hace, ni admira la labor que realiza, qué sería de esta sociedad sin ellos.
Estamos tan acostumbrados a verles por las calles, que probablemente ni nos paramos a pensar en ellos y en la labor que están realizando.
Cuando en ocasiones leo en la prensa que a algún artista famoso le han concedido la Medalla al Mérito en el Trabajo, sólo por cantar o actuar, haciendo lo que le gusta, por vocación; siendo admirado y aplaudido por los demás, y habiéndose enriquecido con ello, pienso, una vez más, lo absurda que es la vida y esta sociedad en la que vivimos. Una sociedad que siempre premia a los de arriba. A aquellos que si bien pueden estar realizando una labor meritoria, no están más que desarrollando su vocación personal. Lo que significa que el trabajo para ellos es un motivo de satisfacción y no una especie de cruz, como debe serlo para este hombre, quien pese a no querer, no tiene más remedio que llevar a sus espaldas lo poquito que hay.
Desde aquí mando un saludo a todos esos profesionales que estarán trabajando para que al día siguiente todo este limpio.
Cuando los demás nos estemos comiendo las ya tan tradicionales uvas de Nochevieja.
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