¿Somos más buenos en Navidad?
Días pasados cuando salía de un edificio publico, me encontré que habían colocado
una serie de carteles en la parte anterior de contenedores de basura con la imagen de un mendigo y el lema (”Ayuda. Para que nadie haga su cena de Navidad aquí”).
Realmente impactante y sorprendente. La verdad es que estas acciones de marketing de guerrilla son un claro ejemplo de cosas que se pueden hacer con una inversión publicitaria relativamente pequeña y que, por el contrario, pueden llegar a tener un gran impacto. No solo porque de forma directa vaya a haber gente que la vea, sino también porque cuando (como es el caso) es ocurrente y creativa, puede tener un enorme efecto social sobre la iniciativa. Los sin techo tienen un nombre y una historia, pero también tienen unos derechos.
Una tacita de caldo del puchero, un bocadillo de lomo, calamares fritos y turrón será la cena de Nochebuena de las personas. Que tengan la suerte que el consistorio de dicho lugar conceda a esta parte de la sociedad más desfavorecida.
No tendrán problemas de espacio para la familia, ni prisas por terminar el asado, planchar la ropa, tomar la temperatura al vino o dar el último toque en la decoración del comedor. Cualquier cajero automático, una acera, tres cartones, un paraguas y una manta les bastan. Como todos los días. Para ellos es un día más, la sociedad ni se acuerda de esta parte nuestra.
Estoy hablando de los sin techo, de esos hombres y mujeres que desde hace años pueblan las calles de nuestras ciudades sin más norte que recoger cuatro chatarras para sobrevivir como puedan.
No están empadronados, no tienen voz ni voto y, por tanto, no reciben las visitas de los políticos de turno que prometen el oro y el moro, ellos no reciben subvenciones, no tiene representación política, no hay ningún político como ellos, no hay políticos con esas maneras. Además, de ellos apenas se habla, como de otros problemas de nuestros días -inmigración, violencia de género, alcoholismo, tabaquismo- y, ni mucho menos, se abre un debate social sobre la vergüenza que supone en pleno siglo XXI que haya seres humanos sin techo. Pero la conciencia de las administraciones no despierta, a pesar de tener un ministerio de la igualad, donde los miembros y las “miembras” de este país “igualados están”.
Porque hoy día no sólo está en la calle el pobre de solemnidad de toda la vida. No. Entre las filas de mendigos hay licenciados en varias materias, artesanos, ancianos, minusválidos, embarazadas, niños, albañiles, camareros, empresarios, mecánicos, inmigrantes, gente venida a menos, otros que han perdido la cabeza, la familia, los amigos. Gente que un día fueron como nosotros.
¿PERO HAY GENTE BUENA?
Es cierto que existe mucha gente buena. Y a estas gentes buenas le sucede lo que a los olores: las malas fragancias se perciben más fácilmente que las buenas. Pero es evidente que un buen ejemplo hace a uno enfrentarse consigo mismo e invita a reflexionar. Y esa reflexión, a nosotros los que creemos, que hay que hacer el bien, sin mirar a quién. Por eso, siempre deberíamos imitar, en todas nuestras acciones a ese Corazón, que se define como humano y humilde. Luego ya tenemos la receta para ser buenos: el ejercicio de la otra mejilla y el de la humildad, eso, de dar sin esperar nada a cambio.
Traigo hoy a este artículo semanal unas historias muy cortas, pero concentradas de bondad, como la esencia que con poca basta para impregnar el ambiente de buen perfume.
Os cuento una historia propia de esta vida nuestra, de esta sociedad que tiene una forma tan peculiar de valorar a las personas, como hoy eres el mejor, por que te está sacando algún beneficio, y mañana; si no hay beneficio eres lo peor de lo peor. Gente con poca memoria, gentes que no piensa que sin el peor de hoy, el hoy no hubiese sido el mejor para su espejo, pero nunca para su conciencia.
A este buen amigo lo vamos a llamar Manolo. Iba un día Manolo en su coche por una carretera con sus hijos. Hablaban y uno de los hijos, el menor, cortó la conversación poniendo la atención sobre una señora que estaba en el arcén de la carretera junto a su vehículo. Manolo paró su vehículo tras el de la señora, con discreción para no asustarla, porque pudo comprobar que el vehículo de la señora había pinchado y no se terminaba de cambiar la rueda. Manolo, sin titubear, bajó de su coche y se brindó a la señora para echarle una mano. Al poco rato cada uno seguía su camino.
Al llegar a la ciudad donde se dirigía, Manolo dejó a sus hijos en la escuela y realizó los recados que tenía que hacer. Volvió a recoger a sus hijos que salían de la escuela y regresaba felizmente a su hogar cuando se percata, al pasar un semáforo, que delante del coche empieza a salir humo. Se detiene en el aparcamiento de un restaurante, levanta el capó del motor, lo examina y descubre que el radiador está perforado. Se echa las manos a la cabeza con cierta preocupación e invoca al Señor para que le sea propicio. Mira a su alrededor y ve que un camión ha aparcado no lejos de él. Baja de la cabina el conductor, se acerca hasta él y le pregunta qué le sucede. Manolo le explica lo que le ha ocurrido y añade que iba a telefonear a uno de sus hermanos que es mecánico.
- Pero, ¿tardará mucho en venir su hermano?
- Esta podando su jardín…
- Mientras usted espera a su hermano, dice el camionero, yo me encargo de sus hijos.
- Pues, ¿qué va a hacer usted con ellos?
- Lo que usted haría y no puede: darles de cenar. Mire la hora que es.
"Aquel señor se portó de maravilla, no hubo manera de que Manolo pagara la cena; y, además, los llevó a casa de unos amigos suyos que vivían cerca para que estuvieran bajo techo, mientras esperaban al hermano. Llegó la noche y el hermano no llegaba…Manolo volvió a llamar a su hermano y en esta ocasión estaba paseando a la perra… Visto lo visto, revisaron el coche el camionero y unos amigos que estaban en la casa, y lo arreglaron. Contaba Manolo, que el camionero se despidió de nosotros cuando estuvo seguro de que el radiador había quedado bien reparado y el coche funcionaba a la perfección. Yo le di las gracias, decía Manolo, como es natural y entonces él me contestó:
-No es nada. Resulta que hace unas horas venía conduciendo por la carretera y vi que “usted estaba ayudando a una señora a cambiar un neumático, y bueno, el que da recibe". Y concluía Manolo muy emocionado. No siempre de la misma manera…
¿Y después de navidad qué…?
Este artículo fue publicado en el periódico TRAFALGAR INFORMACIÓN el día.23/Diciembre/2009
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